Es jueves, y a las 5 de la mañana ya estoy en pie. Hoy es uno de los días (junto con el martes) en los que, como digo yo, madrugo. Lunes, miércoles y viernes, como me levanto a las 7, no toca madrugar. Tratando de hacer el menor ruido posible (aunque es complicado, pues las tablas del suelo crujen y mi puerta chirría) me visto y bajo a prepararme el desayuno. Bostezando, meto la toalla, las chanclas y todo lo demás en la bolsa de deporte tirada en una esquina. Además, preparo la mochila del instituto, dejando fuera el libro de Historia: tengo examen a tercera, estudiaré mientras desayuno. ¿Se me olvida algo? Creo que no… A las 5.30 oigo bajar a mi madre, pasos lentos que se arrastran con sueño por el suelo enmoquetado. Nos montamos en el coche rápido y en silencio. Cae una suave llovizna, seguro que a la hora de entrar a clase ya está diluviando.
Al llegar a la piscina, me bajo y corro hacia la entrada para no mojarme más de lo estrictamente necesario. En los vestuarios no hay nadie aún, me gusta llegar la primera y ver llegar a los demás. A las 6.00 el entrenamiento comienza y, con un salto de cabeza limpio, me zambullo en el agua. Al momento, todo el sueño y las preocupaciones desaparecen, disueltas irremediablemente en agua clorada, y la cabeza se me despeja. Ahora sólo existo yo, y el agua, el enemigo que he de vencer con cada brazada que daré durante la próxima hora y media. Y bueno, ocasionalmente también ese chico de la calle 4 (yo estoy en la calle 5), con su sonrisa radiante y sus brazadas amplias y potentes. Es único, nunca he visto a alguien como él. Nadar me vacía la mente de todas las ideas que pueda haber, pero su presencia me la llena de pensamientos contradictorios, que nada tienen que ver con el entrenamiento. Llego a la pared y volteo para seguir en dirección contraria, y el volteo me descoloca estos pensamientos. Tengo que centrarme.
Hora y media más tarde, y con casi 4km recorridos a mi espalda, salgo de la piscina. Me visto rápido (con el uniforme verde que tan poco me gusta), recordando el examen a tercera. Luego subo y me siento en las gradas, sacando mi libro de Historia y el termo de Cola-Cao. Que triste… A eso de las 8.45, recojo y me dirijo a la salida: mi madre estará a punto de llegar. Mis predicciones han resultado correctas: diluvia. Otro coche llega y un chico pasa corriendo a mi lado, también con la bolsa de deporte al hombro. Antes de entrar al coche, se vuelve y me dice adiós con la mano con una sonrisa capaz de derretir la Antártica. Es él, el chico de la calle 4.
Entonces suena el despertador y abro los ojos, comprobando que, desgraciadamente, todo ha sido un sueño. Yo ya no voy a natación, ya no vivo en Irlanda y, lo peor de todo, me encuentro a miles de kilómetros del chico de la calle 4. Apago el despertador de golpe y me hundo en la almohada de nuevo, intentando recuperar ese maravilloso espejismo, esa visión fantástica que me ha permitido revivir esas mañanas rodeadas de sueño, agua clorada y felicidad…